Escribe. Escribe, maldito.

Samurai

In Epifanías on febrero 1, 2009 at 9:36 am

Samurai

Aparecí una última vez,

(no podías esperar menos)

debo confesar

que lo hice

desnudo

(quién necesita armaduras

si sabe que la muerte siempre acecha)

con los huesos débiles

los dedos arqueados

con las palabras resecas por el desuso

con menos hastíos a los que aferrarme


tú estabas en el otro lado de la bruma

por el filo de tu espada

se deslizaba

aún

alguna gota de mi sangre fresca

ardiente

que pugnaba por caer

caer del todo

hacia las hojas resecas

de un otoño pálido y ya enfermo

el rocío púrpura bajo tus pies

era el presagio

que debía habértelo indicado

(y es que debiste llegar hasta el final

cortar el viento en un golpe seco

echar a rodar mis anhelos y mi cabeza por los suelos)

y sin embargo,

te pudo la soberbia

esa que dice que tus labios son poesía

por el mero hecho de ser carne

y qué hiciste

simplemente afilaste los versos

desenvainaste las palabras

y te lanzaste hacia mí

confiado por verme viejo

por verme fantasma sin leyenda

espíritu errante sin camino

garganta sin aliento ni rima

pensaste qué esta hora de deshonra sería

penitencia suficiente

sabes,

el error más tonto que todo samurai puede cometer

es no darse cuenta que la espada con la que daña

está en sus labios

pudriendo sus entrañas,

arrugando sus metáforas

cuando utiliza las palabras como dardos

sembrando deshonra y odio y muerte

violando la idea de belleza y verdad

sobre cuya efigie juramos todos un día con los puños cerrados

pobre iluso

ahora esta bruma

las tardes tristes de domingo

esa daga con la que me atacaste

la palabra pura

o impura

todos míos,

yo te vi caer ante mí,

desangrado por tu propia verborrea

te vi ser pasto de buitres y alimañas

comida del olvido


respecto a mí,

sigo caminando

mis pasos siguen el destino azaroso de la niebla en el bosque

esa que baila con los árboles

porque no sabe

yo levito sobre las hojas que ya no crujen a mis pies

aún así,

sigo deseando no haber bebido nunca

el néctar de musas expatriadas del Parnaso

ahora sé,

lo que no me mató aquella tarde

tus palabras

tu amargura

y tu desprecio

me hizo tierra y agua y cielo y fuego

es decir

nada

que es a todo a lo que puede aspirar

un samurai de la palabra.

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  1. Me ha encantado.

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