Escribe. Escribe, maldito.

Birthday in sin – Pecados 5.0 y 6.0

In Algunos Vericuetos Personales on octubre 4, 2008 at 9:21 am

Aquella, por fin era la mañana de su cumpleaños. Ella había estado haciendo números la tarde anterior y las cuentas no le cuadraban.

A ver: si ya me has hecho cuatro regalos, ¿qué vas a hacer, tres más en un sólo día? Y, claro, tendrá que ser por la tarde, porque yo por la mañana trabajo. Pero por la tarde viene mi madre… ¿Qué me los vas a dar, cuando se vaya? Jolín, será muy tarde.”

Él ni siquiera respondía. Se limitaba a asentir de forma leve, con cara de poker, y disfrutando de los devaneos mentales de ella que trataban de esclarecer las sorpresas que aún estaban por llegar.

A ver, ya me has hecho pasar por la ira, la gula, la pereza y la soberbia. Quedan la envidia, la avaricia… y la lujuria.”

En  ese momento, él soltó una risa malévola. Ella le respondió: “qué quieres qué te diga, el de la lujuria ya me lo imagino”.

El se mantuvo callado, a pesar de la batería de preguntas a la que ella le tuvo sometido, aguantando estoicamente sus ataques, y no soltó prenda en toda la tarde.
A la mañana siguiente, se levantaron como lo hacían de forma habitual. El despertador sonó a las 6.30 porque él siempre hacía el intento de levantarse a esa hora. Pero como que nunca lo conseguía, se acabaron levantando a las 7.05, no sin antes tener que reñirla, porque ella parecía estar confabulada con las sábanas para seguir dormida.
Al final lo consiguió, y tras remolonear unos breves minutos de la habitación al lavabo y del lavabo a la cocina, se dispusieron a desayunar entre bostezos. Él tomo su habitual café con leche y tostadas con mantequilla y ella sus muesli de dos chocolates, con leche. Después se ducharon, él se afeitó, y se vistieron, él con su traje negro y una camisa de rayas marrones y azules y una corbata marrón, y ella con unos pantalones negros y una blusa.
Salieron de casa juntos. Ella le preguntó: “¿llevas llaves? “. Y el respondió afirmativamente con algo parecido a un gruñido. Rebuscó en su maletín, las sacó y cerró dando doble vuelta a la cerradura. La peste a tabaco del vecino de enfrente dibujó un gesto de repugnancia en ambos mientras bajaban las escaleras. Llegaron a la calle y ambos se dirigieron hacia sus respectivos coches. Al llegar al punto en el que debían separarse, se dieron el beso de despedida.
Hasta la tarde, cariño.”

“Hasta la tarde, mi amor. Que te vaya bien el día. Y no corras.”

Él llegó hasta el coche, arrancó, y salió del aparcamiento, pero en vez de girar hacia la izquierda, tomando la carretera de salida del pueblo en dirección al trabajo, miró por el retrovisor. Vió que el coche de ella ya no estaba, y entonces giró hacia la derecha, dio la vuelta a la manzana y volvió a aparcar en el mismo sitio del que había salido.
Volvió a subir a casa, e hizo una llamada. Nadie cogía el teléfono al otro lado. Espero dos minutos, con cierta impaciencia. Volvió a llamar. Otra vez saltó el contestador. Decidió dejar un mensaje.
J., subiré más tarde a trabajar. Tengo algo preparado para P. por su cumpleaños y me gustaría pasar primero por el banco. Espero que escuches el mensaje y me des tu OK.”


Esperó durante unos veinte minutos a que le devolvieran la llamada. Mientras tanto fue buscando dos direcciones en el Google Maps, para tener una mejor ubicación de dónde tenía que ir, y cuanto tiempo le llevaría ir de un lado a otro. Como vio que J. no devolvía la llamada, volvió a marcar el número. Esta vez si que respondieron al otro lado del teléfono.

Sí, ya he oído el mensaje. Que tienes una buena montada a P. No hay problema. Ya me explicas cuando llegues.”


Él le dio las gracias unas tres o cuatro veces, acabó de tomar nota de las direcciones y, volvió a salir hacia el coche.

Llegó al pueblo donde ella trabajaba sobre las 8.55. Aparcó, poniendo un euro en la zona azul, lo que le daba para estar allí hasta las 10.30, tiempo que él consideró suficiente para ejecutar su plan.

Una vez puso el ticket, se dirigió al primer establecimiento donde debía hallar el regalo vinculado al pecado de la envidia.

Llegó a la tienda sobre las 9.05. Entró en la tienda y se dejó embriagar por el mejunje de olores que emanaban de las plantas. La depedienta no le vio, porque estaba barriendo en un cuartillo interior. Él esperó pacientemente, pero como veía que ella seguía sin reparar en él, tosió de forma intencionada. La dependienta salió, un poco sorprendida de ver a un tipo en traje y corbata un lunes a las nueve de la mañana entrar en el negocio. Pensó que debía ser algún tipo de vendedor o representante, según dedujo él por su forma de mirarle.

“Quería saber si podrías hacerme un ramo. De rosas o lo que sea. Algo impactante. Es para un aniversario especial.”

La chica sonrió, y como si el regalo fuera para ella, comenzó a sacar diferentes tipos de flores, dándo ideas de combinaciones que podrían resultar. Al final, como vio que él dudaba, ella le dijo: “mira, lo mejor son un buen ramo de rosas. Diez o doce rosas rojas, o blancas o amarillas, las que prefieras. Y yo te preparo un buen ramo para que lo lleves.” . A el la propuesta le pareció perfecta.

Doce rosas rojas, sentenció. “¿Crees que le gustará? ” le preguntó a la dependienta. Ella respondió. “A mí me encantaría.”

Pues sea, dijo él. Y ella comenzó a preparar el ramo. Charlaron de esto y aquello mientras tanto, y cuando hubo acabado ella le presentó el ramo. Es perfecto, dijo él. Le pidió una tarjeta para poder escribir un mensaje especial y pagó el ramo. Ella le dió una tarjeta de la floristería, por si alguna otra vez quería preparar alguna otra sorpresa.

Al salir con el ramo, supo que había acertado cuando vió que una señora de unos ochenta años le miró, embelesada, y susurró, oh, qué bonic, torciendo la boca. Comenzó a caminar hacia el establecimiento donde había pensado adquirir el segundo de los regalos que iba a ir en el lote de pecados de aquella mañana. Estaba a unos pocos pasos. Al llegar vio que estaba cerrado, y quedó esperando unos minutos, suficiente como para ver pasar alguna pareja de chicas que le guiñaron el ojo y le sonrieron picaronamente. O a un grupo de mujeres que sin duda se dirigían al lugar de trabajo y que cuchichearon entre ellas, señalándole y lanzándole miradas de complicidad.

Pensó que quizás nunca en su vida había tenido tanto éxito entre las mujeres como en aquellos escasos cinco minutos. Y mientras iba pensado pajaradas como ésta, y viéndose reflejado en una cristalera, se dio cuenta de lo reloco que estaba: las nueve de la mañana de un lunes, un pueblo en el que comenzaban a poner las calles a esa hora, y él vestido de traje y corbata sosteniendo un ramo enorme que casi pesaba más que él.
Y entonces abrieron la bombonería. La chica le miró sorprendida al ver a un hombre que no conocía delante de ella con doce rosas.

“Hola, quería unos bombones, para unas ocho personas. De los artesanos, si puede ser.”

Los ojos de ella fluctuaban del ramo al traje del traje a los ojos y de los ojos a los bombones mientras le decía: estos salen a tanto el kilo, lo único que van sin caja. Si quieres la caja, se paga aparte. Tienes esta grande que vale X y esta algo más pequeña que vale Y.  En la grande ya te caben bombones. Tantos como para unos veinte. Y en la pequeña, no es tan cuca, pero ya habría sitio para los que quieres. Y a fin de cuentas, ¿para que quieres la caja luego?.

Exacto, dijo él. Lo que importa son los bombones. Póngame los mejores.

Ella puso con cuidado una gran variedad en la cajita. De licor, de trufa, de chocolate negro…

Cuando estaba a punto de pagar, recibió una llamada.

Hola, A. Soy M. Era para saber si todo va bien, y si necesitabas alguna cosa. Yo no voy a poder verlo. He tenido que salir yo a almorzar, porque hemos intentado desde el banco que ella no se fuera y estuviera presente cuando entraras tú.”


M. le había ayudado a diseñar específicamente esta parte del plan. Le había preguntado los horarios de la floristería y había sondeado dónde podían encontrarse los mejores bombones de todo el pueblo. Él se negó a seguir adelante si ella no estaba presente.
Ya. Pero es que yo acabo de comenzar a almorzar. Y si tu dices que ya casi estás pagando los bombones…”

Pues me voy a donde estés almorzando. Te espero a que acabes y entro contigo.

M. con voz dubitativa le dijo en qué cafetería estaba y a los dos minutos él se plantó allí con el ramo de rosas. Le dió dos besos y se sentó enfrente. Él no pudo evitar observar que todo el mundo a su alrededor miraba de reojo.

“M. creo que tienes un problema.”

“Ah, tranquilo. Aquí me conocen.”

“Por eso mismo…”

Ella cayó entonces que todo el mundo esperaba que yo le diera el ramo… . Se puso colorada, y dijo “suerte que K. sabe que ibas a hacer esto, sino anda que tardaría en enterarse de que ha venido un tío a la cafetería a traerme rosas.” Para no prolongar el cotilleo alrededor, ella se acabó el café, le dio un último bocado a su mini de jamón, y se fue a pagar. Él también se levantó de la silla, y cuando ella hubo pagado, salieron del local.

Había llegado la hora.

M. le dijo “entro yo primero”. A lo que él dijo “no, entramos los dos juntos, qué se de cuenta de que tú has participado en la encerrona.”

Y así fue. Ella abrió las dos puertas que daban entrada a la sucursal bancaria. Entre los dos se abrieron paso a través de una pequeña multitud de caras adormiladas que observaban como un tipo trajeado se plantaba allí en las primeras horas de la mañana parapetado en un traje oscuro y tras un ramo enorme de rosas y una cajita blanca con un lazo en la mano. Las caras que fue encontrando a su paso iban desde una cierta incredulidad, alguna sospecha, pasando por alguna risotada contenida por alguno que ya estaba sobre aviso de lo que se avecinaba sobre la pobre P., que en ese momento estaba atendiendo a un cliente.
Y de todas las caras, obviamente, la de ella era la que más le interesaba a él. Su reacción sería sin duda la medida perfecta para la calidad de su sorpresa.
Y a la hora que más gente hay en el banco, ni hecho a medida. Te va a odiar bastante.” dijo M. antes de desaparecer detrás del mostrador, dejándolo a él ya, por fín, a sólas con el momento que había preparado con tanto cariño.
Se situó detrás de un cliente, a unos cuarenta y cinco grados de visión de ella respecto del cliente. Espero unos breves segundos a que ella estableciera contacto visual, cuando, por un acto reflejo, ella levantó la mirada del ordenador y la libreta en la que estaba trabajando, y tras un primer vistazo de reconocimiento, al notar un elemento extraño en la dinámica rutinaria de la sucursal, se produjo el momento que él tanto esperaba.

La vió empalidecer y al momento ponerse roja. La vió abrir la boca, para intentar digerir la situación que se le venía encima. Sintió como los nervios comenzaban a hacer presa de toda ella, empezando por sus piernas, y las balbucientes palabras que pugnaban por salir de su boca.
Él se mantuvo impasible, esperando la segunda reacción que sin duda tampoco tendría desperdicio, con su traje negro, el ramo de doce rosas que había comprado para ella, haciéndole la envidia en aquel instante de más de una en la sucursal y antes de entrar en la sucursal, y la cajita de bombones con la que iba a comprobar hasta que punto era dueña de sí misma en lo que a chocolates se refería, y si era capaz de repartir entre sus compañeros de andanzas bancarias, o por el contrario se convertía en una mutación de Gollum y gritaría el mantra de los avariciosos (es miiiiooooooo….).


Y a fe que la segunda reacción no tuvo desperdicio: lejos de salir corriendo, lejos de pensar que aquello entraba dentro de la anormal normalidad que le había zarandeado los dos días anteriores a su cumpleaños, con regalos extraños y una parafernalia toda loca, ella no tuvo otra idea que coger la libreta de ahorros que tenía entre manos, y, ante la mirada atónita del cliente al que estaba atendiendo en ese instante, taparse con ella, como si con ese gesto fuera a hacer desaparecer de su vista al diablo pendejo que le había montado ese espectáculo, y la había conseguido convertir en el centro de atención de unas veinte personas, clientes, compañeros y superiores, en tan sólo unos breves segundos.
M. que momentos antes había desaparecido, se acercó por detrás a una patidifusa P., que aún trataba de hacer valer aquello de “ojos que no ven corazón que no siente”, ante la carcajada sonora de uno de sus responsables que tenía línea de visión directa de lo que ocurría detrás de la libreta, y no dándose cuenta que era difícil cubrir su cara cada vez más colorada detrás de una pequeña libreta azul. “Ve, que ya atiendo yo a este hombre” le dijo M., sentándose en su silla y tratando de recuperar al ánimo del cliente que no entendía de que iba aquello. P. se levantó, sin saber muy bien a dónde ir, ni a dónde mirar, ni por donde escaparse si es que debía hacerlo. Como fuera que él vio que aquel era su momento se acercó hasta ella, entrando incluso en la zona donde estaban el resto de empleados para entregarle el ramo y los bombones, y entonces ella por fín se relajó, sonrió, achinó sus enormes ojos verdes y dibujó una frase en su rostro: “no me lo puedo creer”.
Y él le susurró: “feliz pecaminoso cumpleaños, cariño”.


Y así, ella fue sometida a la dulce tentación de los pecados 5.0 y 6.0 -la envidia y la avaricia.

PD: Ecce los oscuros objetos del deseo…

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  1. Juro que en ese momento la libreta empezó a menguar… Qué mal me lo hiciste pasar, pero qué bien me hiciste sentir… mua!

    ‘La Pecadora’

  2. muy bonito!! es que eres un romántico,diablillo!!

  3. Molt wapo!!!! El següent pecat ens l’explicaràs amb tan detall jejejejeje.
    Aiiii romanticón romanticón. FELICITATS!

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