Escribe. Escribe, maldito.

Birthday in Sin – Pecado 4.0

In Algunos Vericuetos Personales on septiembre 25, 2008 at 6:59 pm

La semana tocaba a su fin. Todas las demás y yo estábamos esperando que algún visitante con cara de iluso, algo de dinero y ganas de complicarse la vida se acercara por allí. De las mías habían unas cien o doscientas. Luego habían otras, con otras características, otras peculiaridades. Pero todas parecíamos a punto de compartir similar destino. A fin de cuentas, aquella era nuestra semana. Y aquel nuestro último día. Después -quién sabía… Todo se haría más complicado, sin duda. Otras nuevas vendrían, más monas, más finas, mejor presentadas. Por algún motivo, sin embargo, yo sabía que aquel sería mi día. Que alguien vendría y se fijaría en mí.

Y así fue. Pero el momento se hizo esperar. Supongo que aquella mañana me manosearon y acariciaron unas diez o doce manos diferentes. Muchos de los que venían se preguntaban en silencio si dar el paso; muchos otros me toqueteaban, me acariciaban, me hacían alguna que otra carantoña, pero no se atrevían a plantarse conmigo en casa. Y eso que habían hecho todo lo posible para presentarme como un auténtico chollo… una bicoca en toda regla. Y ni aún así.

Pero cuando le vi, supe que era él a quien yo estaba buscando. Y que él me estaba buscando a mí. Aún así, la cosa tuvo su momento de suspense: él venía, junto con otro compañero que traía un catálogo en la mano. Se fueron a preguntar a Isa, la chica de la sección en la que yo estaba. Y me imaginé lo que ocurriría: habían venido buscando a otra.

Así que ya comenzaba a resignarme a pasar allí lo que restaba de tarde, esperando cada vez con una angustia mayor, a que viniera algún loco soñador para llevárseme con él o ella. Y si no, a esperar que al día siguiente, mi oportunidad hubiera pasado, y tuviera que dejar la pasarela privilegiada en la que había tenido ocasión de estar durante aquella larga semana, y volver a ser anónima -y que cada vez se hiciera más difícil que alguien se fijara en mí.

Pero entonces oí a Isa: la oferta por la que vosotros preguntáis comienza mañana. Hasta entonces tenemos lo que véis en esos stands.

Supe que era mi ocasión.  Desplegué todos mis encantos con el único objetivo que uno o el otro (o los dos) pusieran sus ojos en mí.

A fin de cuentas, yo sabía que mis atributos, si uno se paraba a considerar eran irresistibles: Y así lo hizo saber uno de los dos.

¡Ésta está muy bien!” dijo el que parecía venir como acompañante y asesor.

Le hubiera dado las gracias si hubiera sabido cómo. Hasta entonces el que iba a hacerse conmigo ni siquiera se había fijado en mí, demasiado empecinado en su búsqueda inicial. Y entonces se acercó. En su cara vi la ilusión y la incerteza del que está preparando algo grande pero no sabe dónde le llevaran los pasos. Y lo nuestro fue un amor a primera vista. A los cinco minutos salía yo en compañía de ambos, en dirección al coche del que yo pensaba iba a ser mi nuevo dueño.

No tarde en darme cuenta de mi error…

Tras dar unas cuantas vueltas en el coche, me hizo salir del asiento de atrás, donde me había dejado, y subimos al piso del chico, alto, espigado, de cara maliciosa y juguetona. Allí parecía esperar su novia, quien tenía muchas ganas de verme -y que luego me enteré ya le había hablado de mí aún sin conocerme, asesorándole de que yo era una buena pieza y que no iba a fallar si se hacía conmigo. Luego comieron, unos maracarrones con salmón, bebieron y charlaron animosamente. Yo me quedé a un lado, observando y ajena a la fiesta, ya que era la recién llegada y apenas me invitaron a participar.

Al cabo de unas horas, él, ya en solitario, se alzó de su asiento: ” me voy para casa“. Por fín, iba a conocer mi nuevo hogar, me dije. Y dicho y hecho. Salimos los dos de nuevo, en dirección al coche. Esta vez me situó en el asiento de copiloto, donde yo esperé a que me diera algo de conversación, de que se preocupara por mí, deseando que me conociera un poco mejor. Pero nada de nada… Se puso una música del infierno, unos de esos melenudos que gritaban mucho y muy guturalmente, y se pasó el trayecto hasta casa cantando como un poseso. Pensé que me iba a casa de un psicópata y comencé a temblar.

Mis sospechas se confirmaron cuando lleguamos donde él parecía vivir. Me llevó de la mano hasta el portal. Picó al timbre, y una voz femenina habló al otro lado del interfono: “¿Sí?” dijo la voz. Y él: “Necesito que te escondas en la habitación de estudio“. No me lo podía creer. Me iba a esconder de ella, el muy zarrapastroso… Y dicho y hecho: cuando subimos la puerta estaba abierta. No había nadie a la vista. El gritó: “¿estás escondida?“, y la voz femenina gritó desde alguna habitación “síiiii… ¿puedo salir ya?“. Y su voz tronó, como si fuera el espíritu del cantante del grupo de infausto recuerdo que nos había acompañado en el coche (unos tal Opeth según pude averiguar): “NI SE TE OCURRAAAAAAAA“.

Lo que ocurrió a continuación fue muy confuso: se dirigió a su habitación y se dispuso a abrir el armario. Me temí lo peor: que se desnudara y comenzara a hacer realidad alguna de sus oscuras perversiones. Pero lo que vino fue peor: y es que no fue su ropa lo que acabó en el armario, si no yo. Me dejó allí, cerrada, sin luz, al calor de camisas, pantalones, mochilas y zapatos de olor dudoso, y oí que gritaba a lo lejos: “Ahora. Ya puedes salir“.

¿Puedo verlo?” grito la voz femenina al otro lado del piso. “No. Todavía no.” Grito él. Y soltó una risotada que hizo estremecer hasta los mismos cimientos de la casa, demasiado horrible para reproducirla.

Esperé durante largos minutos que luego se convirtieron en horas; luego las horas se convirtieron en días (unos tres días que luego supe hubieran podido ser más). Durante esos días mi mente divagó por los pensamientos más oscuros, temiéndome lo peor… Él iba abriendo de tanto en cuando el armario, pero nunca era para sacarme de allí. Siempre era para coger una camisa, una corbata, unas zapatillas, o para traerme algún nuevo compañero o compañera. Mis perspectivas cada vez eran más terribles, máxime teniendo en cuenta que de tanto en cuanto volvía a resonar en toda la casa la música del infierno que yo ya había escuchado de camino a esta prisión en la que ahora me encontraba. De tanto en cuando, también, se le oía a él y a su risa de diablo malo-malísimo tronando. Se me eriza la batería de litio nada más de pensarlo.

Y al fin llegó el día. O mejor dicho, la noche. Cuando ya me había acostumbrado a la oscuridad, un día la puerta del armario se abrió. Ni siquiera le había oído llegar, pues caminó con sigilo. Estaba preparando algo importante, o al menos así lo deduje por los ojos desorbitados que traía y por su lengua que traía apretujada entre los labios. Me cogió en sus brazos, poniéndome cerca de su pecho. Cuando salimos de la habitación, la música infernal volvía  tronar. Era tarde. Las doce y un minutos exactamente -un hecho que me sorprendió (¿por qué sacarme de allí de ese antro oscuro en el que me había recluido a esa hora, exactamente?). Entonces la vi a ella. Estaba sentada, de espaldas a la habitación, delante de una mesa de cristal. Parecía esperar algo.

Volvi a temerme lo peor. ¿De que extraño y pérfido plan iban a hacerme partícipe estos dos maníacos?

Al llegar a la mesa pude ver que ella llevaba un extraño antifaz que le tapaba los ojos completamente. Era de un color rojo endemoniado. Delante suyo había un sobre, de color blanco. Me situó justo detrás del sobre. Me había hecho vestirme con unos ropajes que me hicieron sentir extraña. Por todos lados se veía una inscripción que me pareció familiar

Y entonces vi la luz: yo era su regalo. Aquello era un festival de bajas pasiones en el que yo iba a ser el juguetito de ella, por petición expresa de él. Y, como más tarde supe, también lo iba a ser de las perversas miradas y torcido sentido de la belleza del energúmeno que me había traido hasta allí…

Y yo pensándome que iba a tener una mejor vida una vez dejara la sección en la que había pasado los primeros tiernos días de mi vida.

Al poco, él le dio la orden de sacarse el antifaz. Ella lo hizo.  Entonces le dio ordenes estrictas de leer el sobre, antes de echar sus zarpas sobre mí. Y ella obedeció, de nuevo.

Leyó una especie de maléfico enigma que él le había dejado escrito. Y mi susto fue mayor, cuando al acabar, él exclamó: “FELIZ PECAMINOSO CUMPLEAÑOS” y volvió a perpetrar esa risa infernal.

Entonces ella se hizo conmigo. Me arrancó los ropajes baratos en el que él me había cubierto (una vez ella me los quitó pude leerlo perfectamente: ponía algo así como Mediamarkt…), y su cara fue una mezcla de horror y alegría cuando vio lo que yo era:

Una Olympus FE-340, con funda normal e impermeable y ampliación de memoria a un giga (que las Olympus somos muy nuestras para según que memorias nos quieren insertar en las rendijas) de regalo, 5 megapixeles, 2.7″ de monitor LCD y estabilizador de imagen. Y una etiqueta de anís del mono como cheque regalo (esto último es una coña particular, por supuesto).

Y entonces ella preguntó: “¿y qué relación tiene esto con el pecado de la soberbia?

¿Pecado? me pregunté, yo temblando.

La soberbia” repitió él. “Un regalo con el que tentarte para que te retrates tantas veces como quieras. Y para que no dejes de repetirte eternamente lo bella que eres.” dijo él. Y tras tomar un respiro, susurró unas palabras que hasta a mí consiguieron embrujarme: “Bella antes. Bella ahora. Bella siempre“.

Y luego añadió una coletilla que no entendí muy bien: “Porque tu lo vales“.  A lo que añadió un gesto amanerado como si se quitara una larga cabellera de la cara, él, que apenas tiene pelo ya (luego supe que tenía relación con un anuncio de televisión muy conocido). A lo que ella respondió con una mirada que parecía decir: “mira que eres payaso“.

Así que, de este modo me convertí en un ignominoso objeto de retrato de la soberbia de esta bella muchacha, a la que su novio trataba de incitar a pecar, por medio de un cumpleaños maquiavélico que le había preparado.

Yo, pobrecita de mí, que tan sólo unas horas antes yacía ilusionada, apilada entre tantas otras Olympus, en la vecindad de unas Pentax que estuvieron a punto de correr la misma suerte que yo.

Malvado, el tipo este. Muy malvado.

Y, por supuesto, la pobre niña acabó pecando: él no paró de utilizarme, fotografiándola una y otra vez, hasta la saciedad. Y así promete seguir hasta que llegue el fin de los días de ambos -aunque creo que el mio llegará antes, ya que alguna otra saldrá en el mercado, con más arrestos, mejores curvas, y las pestañas más largas… estooooo, con más megapixeles, con nuevas funcionalidades, más compactas o lo que sea.

Triste y perra vida esta que me ha tocado vivir.

Manda carajo.

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  1. IMPRESSIONANT !!!!
    Amb aquesta entrada, sí que t’emportes la “palma”. Moltes felicitats. Ens ha agradat molt!!!

  2. Molt bo nanu!!!
    Aquí el grenyut que és un malpensat creia fins l’ultim minut que parlaves d’un altre pecat… Molt bona conducció!!!

  3. Mira que te lo curras!! Molt be carinyet…. pero deja de hacerme fotos!!!!!!!!! ;P

    ‘La Pecadora’

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