Escribe. Escribe, maldito.

Birthday in Sin – Pecado 1.0

In Algunos Vericuetos Personales on septiembre 3, 2008 at 6:19 pm

La Ira

Un sobre rojo. Unas instrucciones crípticas y bastante lacónicas. Un destino: La Gran Urbe.

Para aderezarlo todo con más mala sombra, le espera una hora de camino en coche en la que sé que voy a estar sometido a una batería de preguntas constantes. Pero ¿a que jode la incertidumbre cuando eres tú quien está sometido a ella? Pues eso, que cuando me pongo, me pongo -y en el papel de satánico organizador de cumpleaños me siento como si llevara una segunda piel. 

La perspectiva como diablejo es espectacular. Si no tuviera que estar al volante, estaría frotándome las manos todo el camino. Pero como lo de hacer eses por plena autopista del Maresme no va conmigo, pues me dedico a sonreir con gesto lascivo y pendenciero. Y a conducir por mi carril. Faltaría más. (Pero a 126 km/h, pa joder).

La ristra de preguntas es variada: a los habituales por qués y adóndes y a qué horas, le siguen las enfocadas a acotar las posibilidades del regalo. “A ver: algo que tenga que ver con la ira” va pensando ella en voz alta. “¿Un espectáculo? ¿Una obra de teato? ¿Un concierto? ¿Una película? ¿Tiene hora de inicio? ¿Y de final?“. Y así durante unos 54 kilómetros. He de decir que me he convertido en un satán tan maléfico que hasta he hecho saltar los fusibles del coche para que no funcionen ni el aire acondicionado, ni la radio, ni tan sólo el limpiaparabrisas… Así que el viaje tiene aún más algo de odisea. Lo que no contaba es que lo sería también para mi camiseta de “Rock and Rebellion” con una calavera estampada sobre un fondo blanco, que sufrió la furia de mi piel de diablejo sudoríparo. Pobrecitas ambas (la que ha de ser tentada y mi camiseta, víctima colateral).

Llegamos al epicentro del Hades, y conseguimos aparcar en zona azul. Casi cinco euros por dos horas. Peor es la perspectiva del parking. Sí, es diabólico estarse media hora para aparcar (cuando no una hora, como me había llegado a ocurrir alguna vez)  y luego dejarse medio riñon ahí encima del parquímetro.

Aparcamos en calle Pau Claris, y nos dirigimos Puerta Ferrisa abajo, entre el gentío, hacia la consumación del primero de los pecados. Vamos caminando y ella trata de concretar un poco más las preguntas. “¿Un espectaculo? No, me has dicho que no. O bueno, no me has dicho que no. Me has dicho que podría ser. ¿Algo especial? ¿Un espectáculo particular hecho a medida? ¿Para los dos? ¿Para mí?“. Casi me atraganto de la risa, con lo del espectáculo hecho a medida. Caliente-caliente, le digo. 

Repite: “¿Para los dos?

No, mi querida niña perdidita… este infierno es sólo para tí (MUHAHAHAHAAHAH).

Recorremos los vericuetos de las calles del Barri Gòtic, estamos llegando a la calle Boquería, cerca ya del primer círculo infernal, cuando noto que se detiene, se queda pálida y me mira:

¡Un tatuaje!”

Me vuelve a mirar con cara de pánico, y repite: “No será un tatuaje, ¿verdad?”. Qué rápida es la jodía, pienso. Hubiera sido más espectacular llegar justo delante de la boca del infierno y que allí le crujirán los huesos de miedo. Pero la cara de susto que ha puesto ya me sirve. Así que…

Vale, me has pillado, le digo. Bueno, mejor aún: VAAAAALEEEE ME HAS PILLAAAAAAADOOOOOO. Mi voz de ultratumba, una vez más, retruena por las callejuelas grisáceas de la Urbe Oscura. La gente huye despavorida. Los comercios cierran sus puertas, y la gente se santigua en los balcones. Un gato negro me bufa en una esquina, y un mesías de esos con mirada estrábica y ojos acristalados, embutido en un hábito negro, y con una biblia en la mano, grita “¡Ya está aquí!¡El apocalípsis ha llegado!“.

Once again: MUAHAHAHAHAHAHAAHAHAHAHAH.

And down we went, que dijo el Eliot. Llegamos al Embruix, mientras el sol comienza a ponerse. Noto que las piernas le flaquean. Vuelme a mirarme con cara de tú estás muy mal de lo tuyo. Por supuesto que también sé jugar a diablo bueno, y le digo que no es obligatorio que lo haga, pero sólo por verle la cara al adivinarlo, valía la pena toda la parafernalia de bajar hasta allí.

Pero una vez dentro… es inevitable que caiga. 

Y así es, uno de los lugartenientes de este lugar de brujería plástica y metálica de cuyo nombre no consigo acordarme se alía conmigo para que mi plan salga a la perfección. El garito cumple todos los requisitos para la ocasión. Tatus, piercings, cabelleras largas, alguna cresta, alguna camiseta heviola, y como vinagreta, seguimos por la senda de los riffs distorsionados y los gritos desgarrados (¿alguien podía imaginarse un infierno mejor?): System of a Down, Helloween, el repertorio es variado –Metal Rules, Once More!. El tatuador, un chico alto, argentino, con la cabeza rapada por los costados y rastas que le llegan hasta la cintura no tarda en someterle al influjo maléfico del lugar. Pienso que no estaría mal trabajar en un garito como ese, dedicándote a crear en cada momento y haciendo algo totalmente diferente, envuelto en buena música y en pleno centro de la vorágine neurótica de La Gran Urbe. Luego me da por pensar que sería una pena destrozar mi larga cabellera oblonda para ponerme rastas. No way, me toca seguir con los seguros. 

Mientras yo voy dando rienda suelta a mis absurdos devaneos, ella le da una idea al tatuador, entre la duda, la sorpresa y las ganas de correr. Dicho y hecho, él se agarra a esa idea,  y a partir de ahí confabula toda una enredadera de posibilidades con tal de que no se vaya de allí de vacío. Tras media hora de ideas, propuestas, retoques para aquí, retoques para allá, salen con un boceto que tiene buena pinta. Y al final, no podía ser de otra manera, ella se convierte en pecadora. 

“¿Qué? ¿Das el paso?” le dice. Sus ojos se vuelven rojos y sale una llamarada de su boca. No, es coña. Simplemente sonríe, y trata de ser amable. El que la empuja por detrás con el tridente para que caiga en el pecado es un servidor.

Y voilà. Aquí tenéis el resultado:

El proceso dura media hora. Como todo lo bueno, si breve… Cuando ella se va, la música ocupa todo y yo me dejo llevar saboreando las mieles de la victoria.

Cuando sale, su mirada es una mezcla de furia, incredulidad, y estado de levitación: “¡La madre que te parió!

Y ahí es cuando sé que he vencido. No ha podido resistirse a la trampa preparada. La ira se ha hecho con ella…

Objetivo pecado 1.0 cumplido.

¿A qué soy malo?

Everybody. One More Time: MUHAHAHAHAHAHAHAHAHAAH

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  1. Osti tú… si es que cada vez que lo recuerdo me entra un no sé qué… Pero ha valido la pena este tortuoso sufrimiento, el resultado es immejorable 😉

    ‘La Pecadora’

  2. […] Portada ← Birthday in Sin – Pecado 1.0 […]

  3. […] soliviantado, y la mente atribulada por los devaneos a los que le sometió la ira tras hacerse la marca del diablo en su cuello (bueno, parte de ella, que corresponde a esa “A” que asoma bajo la […]

  4. […] ver, ya me has hecho pasar por la ira, la gula, la pereza y la soberbia. Quedan la envidia, la avaricia… y la […]

  5. Lo que me has hecho sufrir, joío!!! Sí que eres malévolo, sí!!! 😛

    PD. Cuándo volviste al blog??? Lo has cambiado un poquillo, no??? Ainss… es que llevo un tiempo, que no me entero de ná… Qué strésss!!!

  6. @Pili – jijiiijij… En el fondo, buena persona que diría el Machado, sólo que a veces se produce algún pinzamiento en alguna neurona y me da por mefistofelerías varias. Respecto al blog, pues sí que le he querido dar un enfoque algo diferente. Palabrerías era már referenciado al arte de ‘palabrear’ por palabrear, digámoslo así (un hablar por hablar sobre hablar): ahora la batalla es más personal, es decir, mi propia lucha por abrir camino a través de palabras y las reflexiones acerca de lo que supone para mí durante la travesía. ¡Bienvenida de nuevo!

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