Escribe. Escribe, maldito.

Para siempre.

In CrossBlog Fighters on octubre 29, 2007 at 7:21 pm

El pabellón está alto, según lo deja mi amigo Jorge. Pero intentaré estar a la altura en esta respuesta al CrossBlog Fighting iniciado días atrás.

Espero que les guste.

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Dicen que cuando alguien muere, su espíritu permanece cerca de las personas queridas hasta que estos aceptan su pérdida.” ella le decía. Bajaban por esas mismas escaleras de la estación del metro en la que él ahora se sentaba, esperándola.

Si se ponía a pensarlo, no recordaba desde cuando llevaba allí. Tenía la sensación de haber estado sentado en ese mismo lugar toda la vida, deseando que en cualquier momento su cara pálida y bella se perfilara entre las texturas asimétricas de la multitud.

Neil tenía un perro.” ella le seguía contando “Cuando el padre murió no hacía más que retozar en la esquina en la que su padre se sentaba a leer novelas de folletín. Un día el perro dejó de volver a la esquina. Y todos supieron que el padre les había dejado. Definitivamente.”

El mármol de la pared era frío, tal y como recordaba haberlo sentido durante tardes enteras. Recordó que siempre que la veía venir se incorporaba de un salto, la esperaba de pie en el escalón superior. Ella, que venía del pasillo inferior, siempre quedaba por debajo de su pecho, donde apoyaba su cabeza recogiéndose en sus brazos.

A su alrededor podía sentir como la gente correteaba y levitaba, llevando vidas ajetreadas. Para él, el mundo se detenía en su abrazo, y en la calidez de su cabeza apoyada en su pecho, notando como su respiración le transmitía todo el calor que necesitaba.

Nadie parecía reparar en su pequeño paraiso de felicidad y ternura.

Ahora, la gente seguía correteando y levitando y huyendo de rutinas que les estrujaban los corazones y las risas. Como antes, nadie parecía detenerse a observar a ese extraño melancólico de mirada perdida que esperaba en la esquina de las escaleras.

Caras y más caras y abrigos y charlas difusas se entrecruzaban delante de sus ojos, y él no hacía más que recordar su voz, mientras le hablaba de los caprichos del olvido.

Estaba allí porque sabía que era el único sitio en el que podría reencontrarla.

Un día, tras mucho esperar, un sudor frío recorrió su espalda. Se levantó, como se había levantado para recibirla a ella tiempo atrás. Pero esta vez, ella no venía. Caras y caras uniformes y anónimas se agolpaban como fantasmas a su alrededor.

Miró hacia abajo, al pie de las escaleras, y a su alrededor. Congeló en su retina el instante, y por una inercia que no supo explicarse se volvió a la pared en la que había estado apoyado, en cuya losa azul dibujó un surco enrevesado.

Después se fue, dejando atrás su rincón vacio, en aquella escalera, en aquella pared.

Al día siguiente, a la misma hora, el vaho salía y entraba de las bocas de los transeúntes que se agazapaban en el metro, protegiéndose de la mañana fría.

Al cabo de unos minutos ella apareció. Alguien que ya no era él la esperaba en lo alto de la escalera. Ella se apoyó en su pecho y por esos caprichos del azar en los que la fatalidad gusta de travestirse, miró en dirección a la pared.

A través del vapor que exhalaban las bocas jadeantes que transitaban el metro, pudo ver el mensaje que se había condensado en las racholas.

Te esperaré.

Entonces ella supo que él, por fin, la había dejado.

Para siempre.

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Muy señor mí: su turno.

Alex

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  1. Y es que las palabras se las lleva el viento…Sí señor.
    Me ha encantado Alex. ¡Espero no tener que decidirme por alguno de vosotros dos! Espero el turno de Jorge 🙂
    Un beso!

  2. @Sunshine – no, no… aquí no se tortura a nadie para que escoja. Sólo se le hipnotiza y a la voz de “constantinopla” dice el qué.

    ¡Constantinopla!

    Es coña, obviamente. Se trata de pasarlo bien escribiendo, y de intentar que quienes lo leáis encontréis un motivo para seguir haciéndolo, en base a eso mismo: esperando la respuesta del otro.

    Gracias por tu comentario, sunshine. Es un placer tenerte por aquí.

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