Escribe. Escribe, maldito.

Sobre problemas reales

In Algunos Vericuetos Personales on septiembre 22, 2007 at 9:36 am

Ricard lleva dos piercings. Uno en la nariz, el otro en medio de la oreja. Lleva el pelo rapado por los costados y largo por detras y por arriba. De la nuca le sobresale una trenza algo más larga que él lleva por encima del hombro izquierdo.

La primera vez que le veo me da la bienvenida al centro de rehabilitación de menores.

Es lo bueno de mi trabajo, conoces gente e historias que a veces consiguen sorprenderte.

Ricard lleva también un tatuaje en el brazo derecho, una especie de tatuaje tribal, que parece una enredadera que hubiera agarrado para crecer en su piel.

Lleva camiseta negra, creo que de algún grupo heavy o punk.

A ver como le explico yo que a mi me gusta la misma música.

Me tiro como un minuto diciéndome: díle que te gusta esa música, díselo.

Y luego me veo a mi mismo desde fuera, y me veo ridículo: ¿tú?

Ha. Ha. ¿Tú?

Llevo una carpeta entre las manos, mirada de smiley (es imposible a veces sacarse de encima vicios adquiridos en la profesión, en la que alguien una vez te da el mal consejo de sonreír siempre, porque la sonrisa dicen es universal y acerca a las almas, y yo digo que en ocasiones una sonrisa no es más que una máscara. Lo se porque lo veo constantemente). Representa que tengo que estar preocupado por el riesgo (¿hay extintores?¿bocas de incendio?¿posibilidad de robo?¿Gasoil?¿Elementos comustibles?). Y hago como que lo voy observando todo. Es decir, todo lo que mi labor allí me pide que debo observar. Sin embargo, por alguna razón, sólo puedo pensar en Carmen, la directora del centro que me está haciendo de guía, y me está explicando de donde proviene el material con el que trabajan, y los chicos que se alojan en el centro.

Vienen chicos de todas partes. Y hay lista de espera. Hay más chicos que chicas. Pero siempre se les cuela alguna, dice con una sonrisa seca. Han adquirido dieciséis ordenadores. Se los han donado de una asociación que se dedica a ello. A recoger ordenadores viejos para darlos a centros educativos necesitados de los mismos.

La tercera vez que veo a Ricard está consolando a un chico a solas, en la oscuridad de lo que parece un taller de mecánica.

Luego sale y nos comenta que hoy tiene el día sensible.

Rápidamente uno entiende que no es que hoy haya tenido la regla, ni que no le hayan dejado jugar con la play. Se trata de una verdadera cuestión de supervivencia en un centro con 36 alumnos cuyo maestro único y crudo ha sido la calle.

La tercera vez que veo a Ricard, ya estoy dentro el taller. Me explica que lleva desde los 12 años trabajando de mecánico. Apenas debe tener unos 27 o 28. Pongámosle 30. Tiene tendinitis en los dos brazos. Los codos destrozados. El lumbago se ha convertido en un compañero demasiado habitual en su vida. La espalda parece un puzzle. Me dice que más que enseñar a los críos a montar coches (que también) y a prepararlos para un trabajo digno, les enseña prevención de riesgos y educación postural, para darles todo aquello que él no ha tenido en sus años de enseñanza. Y para poder darles un futuro y poder encararlo con las mayores garantías de que se insertarán bien en el tejido social por medio de ese trabajo.

Supongo que Ricard podría haberse dedicado a otra cosa. Su infancia y juventud tienen toda la pinta de haber sido duras. No lo se. Pero lo que sí se es que podría haber  huido de sus propios fantasmas. Usar el revenido truco de “la vida es una mierda” así que ahora me toca a mí aprovecharme de ella, o devolverle el maltrato. Y sin embargo, se vuelve a ella, a esa vida que le ha tenido desde los 12 años trabajando, cuando a esa edad muchos están todavía con agú-agú, y el ‘mama comprame una play y si no pataleo’. Se vuelve además mirándola a los ojos, y sacudiéndola por los hombros, desafiante, y tratando de que no vuelva a repetir los errores que ha cometido con él con cualquiera de aquellos crios de mirada pícara y espíritu de supervivencia indomable que pasean por el recinto del centro.

Compararse es un error. Decir que mis problemas son una tontería comparados-con, es seguramente una simplificación que nada más consigue redundar en el sentimiento de culpabilidad que te carcome diciéndote “¿Ves? Eso sí que son problemas”. Sería un error considerar que porque esos chicos y Ricard salen adelante a pesar de lo ingrata que ha sido la vida con ellos, lo que a tí te ocurra sea menor. Pero lo que no es menos cierto cuando más relacionado está el problema con los problemas reales (comer, sobrevivir, evitar que el de al lado te quite lo que es tuyo, marcar el terreno para defenderte y evitar que nadie te avasalle) la respuesta es más natural y menos melodramática. No necesitamos depresiones ficticias, no necesitamos melancolías, ni necesitamos algarabías varias para que la gente que nos rodea se de cuenta de que existimos y de que nos de un poquito de importancia en base a nuestra farsa.

No es casualidad que en África haya el índice más bajo de depresión en el mundo. Allí la primera obsesión es vivir. Bastante se tiene con eso. Aquí hay gente que se deprime porque a él le gustaría ser director general. O tener un X5. O poder vivir del cuento sin tener que dar un palo al agua (¡Ojo! No es mi caso- sin embargo, deprimirme por la metafísica del mal, que es más propio de mí, es igual de tonto e igual de mezquino, porque no es un problema, digamos, real, al abasto de mi vida más tangible. Como dicen algunos que me conocen, naci preocupado, y mi problema es que me preocupa preocuparme. Ya ves tú.)

Tampoco creo que depresión sea una palabra que se oiga mucho por el centro de rehabilitación. Porque allí, o luchas, por tí y por lo que sea, o eres pan comido.

Y entonces me doy cuenta: nos pasamos la vida huyendo y cuanto más lejos estamos más perdidos. Y nadie nos ha enseñado, ni mostrado como tener coraje para volver sobre nuestros pasos y coger nuestra vida por los cuernos y zarandearla hasta sacarle todo lo supérfluo y poder enseñar un verdadero camino a los que vienen detrás. Para que otros que conozcamos o no, que nos importen y a los cuales le podamos entregar algo de verdadero provecho de nuestro paso por la vida, no comentan los errores que tuvimos nosotros.

Esa fue la lección de humildad que recibí ayer. Una verdadera lección sobre como afrontar problemas reales. Y este es mi pequeño homenaje a gente como Carmen, o Ricard.

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