Escribe. Escribe, maldito.

Cocina literaria a lo Cortázar (rico, rico…)

In Apuntes para una Poética on octubre 11, 2006 at 12:00 am

Manifiesto Cortazariano del Día

Ingredientes para una sabrosa desacralización literaria

Bienvenidos, Cortazarianos todos.  Nos enseño el maestro, años ha, que la literatura no es más que juego. No debiera ser más que juego, vaya.  

Y nos enseñó el maestro que los juegos, juegos son. 

Así, la receta de hoy busca no más que ahuyentarnos de la literatura. 

El por qué es muy simple.  Porque lo que hoy creemos conocer como literatura es seriedad. 

Porque lo que hoy creemos serio es literario. Porque lo que hoy creemos literario es no más que vida literaria. 

Por que vida literaria es farsa. Por que la farsa mata la literatura.  

Por que la convierte en una farsa seria. O lo que es peor: una seria farsa. 

Primer ingrediente: Gritar ¡AAAAAAARGH! Cuando la pinza literatura / seriedad ahogue nuestra creatividad. Mejor aún: escribamos ¡AAAAAAARGH! en el papel (a partir de ahora, nada de ideas pensadas, sino ideas escritas) 

Porque lo que hoy es literatura no es más que literatura que habla de literatura. Que a su vez habla de literatura. 

Que a su vez habla de literatura. 

Y por ende no habla de nada. Porque has de saber, querido Cortazariano, que la yuxtaposición de seriedad y literatura provoca un caos en nuestro febril sentido de coherencia, al igual que otras tal que “inteligencia militar” que nos enseñó el gran Groucho; O “político honrado”; O “poema en prosa” (bueno, algunos como Rimbaud o Bolaño nos han enseñado que esta dicotomía sí es posible, por lo tanto aceptamos barco.)

Tal es la literatura seria: un imposible que nuestra desgastada percepción de la coherencia que subyace a todas las cosas nos impide acusar como falsa. 

Tal que os proporciono el segundo ingrediente para un despertar de la creatividad:  Levantaos y gritar “¡J’accuse!” Cada vez que veáis asomar la cara reluciente, rechoncha, mezquina y avariciosa del gourmet de la seria literatura. ¿Y cómo reconocerlo? os preguntaréis. Fácil. Más de lo que creéis. Guiaros por vuestra intuición. No temáis: sentar al acusado en cualquier mesa de gala de un premio literario rimbombante, en cualquier entrevista en los medios de masas, en cualquier columna en la que hable de cualquier cosa que a nadie importa. Mirarle a los ojos y preguntaros si creéis que es un Cortazariano (es decir, alguien que crea porque juega –y los juegos, juegos son). ¿Lo es? 

Perdonadle el error si alguien le hizo creer que in severitate veritas. Reprendedle e instruirle para que vuelva al camino. Destripar sus textos, violar su sintaxis, retorcer su léxico, para exorcizarle. He aquí el tercer ingrediente. Destruir(le) para recrear(le).

El resultado, seguro, será  el siguiente: le habréis devuelto al camino; con furia propia de la fe del converso procederá a desvirgar la-literatura-hecha-seriedad levantándole las faldas y riéndose de su flaco pene de travestido.  Le dará un puntapié en el trasero a la Alta Literatura y correrá a abrazar el éxtasis verdadero: la literatura pura, en cuanto a juego, en cuanto a hambre. Que es donde el escritor se halla a sí mismo de verdad. A solas con la palabra. 

Por que el maestro nos enseñó que la literatura es juego. Pero otro  profeta de luengas barbas blancas nos dijo, también, que la literatura es colorín, pingajo. Y, sobre todo, hambre. 

Y los sueños, sueños son. 

Este es el cuarto ingrediente (qué sólo algunos querrán saborear): encontrarse a solas con la palabra, y de ahí renacer, cual Ave Fénix, para enfrentarse al mundo de lectores ávidos de descuartizaros (ya sea a base de palmadas, ya sea a base de cuchillos). Sabréis que ninguna otra cosa, ni siquiera la palmada, ni siquiera la cuchillada valen lo suficiente la pena como para alejaros de la letra amada, poseída y cortejada en la oscuridad de las noches en vilo y las páginas en blanco.

Pensad, mis queridos palabreros, que la seriedad es un callejón sin salida. Es una mueca torcida, a medio camino entre la eterna sonrisa traviesa y la siempre punzante melancolía desenfrenada. Por lo tanto, la seriedad  creativa no os llevará nunca a ningún camino que no estéis cansados de recorrer ya otras tantos domingos sin interés.

 Pensad si no en el sabor amargo del bloqueo. Pensad en el regusto podrido que deja en nuestros dedos la procrastinación. ¿Qué son ambos si no la crema insípida de la seriedad? 

A partir de aquí, unos pequeños consejos de un cocinero literario de uso doméstico: Si habéis de escribir, hacedlo sin estilo.  

Tened en cuenta que, en cuanto se escribe, se es.  En tanto se es, el estilo sigue de cerca. 

Solución: hay que matar el estilo –para que renazca de entre su propio ombligo, limpio de pelos, porquería y basura. Una vez de nuevo el estilo esté pulcro, con la piel ligera y arrugada de un recién nacido, todo será levedad.  

Todo será ingravidez. Todo será disfrute. 

Todo será eterno.  Ya que no hay nada más eterno que el placer, cuando hecho palabra. (¡AAAAAAARGH!) 

Bon apetit.

 

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  1. “(…) Sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas (…) Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”

    Quizá en este caso para encontrar la palabra virgen aún, previa al juego, antes de pasarla por el fuego.

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