Escribe. Escribe, maldito.

El hábito hace al monje

In El Arte de Palabrear on septiembre 19, 2006 at 4:41 pm

Al final todo es cuestión de hábito. Que no de rutina.

Me refiero a la dificil tarea que es enfrascamos en el duro oficio de escribir (y en general, en el duro oficio que proceda), intentando, algo vanidosos como somos los escritores, abarcar el mundo entero con sólo dos manos.

Cuando uno comienza a escribir, el problema es que uno siente que no ha hecho nada. Es como si comenzaramos a partir desde un vacío informe y negruzco que asusta y nos empuja en dirección a no sabemos muy bien dónde. Sólo llevamos una humilde mochila, llena de aspiraciones inconcretas, posibilidades sin contorno de ojos ni maquillaje, voluntad quebradiza y las lecturas que hayamos hecho (que de hecho es lo único realmente sólido que tenemos, y lo único que verdaderamente puede ser de ayuda al final -más de lo que imaginamos.)

En esa tesitura, uno comienza a escribir, y ante la falta de práctica, de guía y de fuelle, desfallece muy pronto.

¿No es así? A ver, repasemos síntomas.

  • Se tienen ideas en la cabeza que cuando se comienzan a plasmar en el papel, se convierten en un sufflé soso de letras desparramadas que no van a ningún lado.
  • Uno se queda delante de la pantalla y no se atreve a teclear por que el blanco es muy blanco y da más miedo que el coco.
  • Uno realmente comienza a escribir pero cuando lleva dos o tres páginas realmente brillantes piensa que mejor dejarlo así, que ya se ha hecho bastante, que es mejor que el texto esté inacabado porque así las posibilidades son infinitas. Y a otra cosa.
  • O, por ejemplo, uno empieza a escribir, y lleva páginas y páginas y páginas, y la idea se va metamorfoseando (¡maldita idea!) y nos lleva a una composición o narración totalmente distinta de la original y acabamos desenfundando el hacha de guerra para acabar con todo. Entonces, con cierta compasión, aún tenemos el corazocito de recoger las astillas en que hemos convertido el manuscrito y las guardamos en el cajón por si alguna vez pueden servir para hacer fuego y reconfortarnos.

Y así, hasta el infinito de experiencias de creador principiante con las que me identifico plentamente y que aún padezco.

Males necesarios, en realidad. No son otra cosa.
Males para los que recetaría un jarabe de fórmula sencilla y que no es otra que encontrar el hábito. Uno que nos sea útil, práctico y se ajuste a nuestras necesidades y aspiraciones (sí, hasta en el arte hay que ser utilitarista y dejar el romanticismo aparte).
Llegué a esta conclusión tras leer Mientras Escribo, de Stephen King. En la segunda parte de dicho libro, el Sr. King hace una reflexión a mi juicio muy práctica y animosa para todo aquel que quiera aventurarse a escribir y comience a tener claro la fórmula “arte =inspiración+perspiración“.

El secreto: escribir un número X palabras al día. O un número de páginas. Serializar. Periodizar el acto creativo. Habituar la mente a pensar y hacerlo de forma práctica. En verdad de la única manera que se escribe. Que es eso: escribiendo. Sobre el papel o la pantalla, lo que prefiráis.

En mi caso, tras leer al Sr. King, me hice el propósito humilde de intentar escribir 1000 palabras al día. Tuve auténticos problemas para mantener el ritmo al principio (hay tantos ladrones de tiempo de guante blanco y sonrisa impoluta pululando por ahí…) Al final conseguí sacrificar algunas cosas inútiles -como la hora de televisión que no sirve para nada. Y a base de día sí y día también de aplicarme al teclado empecé a dar con unas horas concretas en las que mi cabeza estaba para crear, y para jugar con palabras y personajes.

A partir de ahí, pasé a 1500 palabras por día. Ahora estoy en la media de unas 2000. Trato de mantener el compromiso cada día. Como mucho cada dos días. Cualquier rato que tenga, intento escribir, y si luego no me gusta lo que he escrito, pues ya llegará el momento de revisar y destruir. Pero lo importante es no dejar de hacerlo (escribir, digo. Y revisar. Y destruir. Y desesperarse. E ilusionarse. Y volver a empezar. Y tratar de acabar lo empezado. Una y otra vez.)

En definitiva, que el más largo camino empieza por un primer paso. Y después un segundo. Y así. Pequeña adaptación mihi generis de un dicho chino que pulula por todas esas páginas de citas de internet (alguna realmente buena e inspiradora). Sólo así consigue uno dejar de mirar atrás para ilusionarse con el camino que aún queda en esta larga caminata creativa en la que en un momento u otro nos hemos enzarzado.

Espero que este post os pueda servir para ayudaros a ver las cosas algo claras en aquellos momentos de procrastinación o desamparo creativo. Y es que, en este caso, el hábito, sí que hace al monje, amigos…

Un saludo, palabreros.

Alex

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